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Prospero 2009

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EL ARRIERO
Por MARCO TULIO ESPINOSA A (1918-1994)

los animales con sus voces instintivas anunciaban la entrada del día.  Entonces el rey de nuevo tomaba su cetro y su corona para seguir reinando en el nuevo día que empezaba,  el magistrado seguía sus tareas,  los empleados y ministros ilustres se daban cuenta que había que continuar labores.

Pero aún más:  el humilde y laborioso campesino no ha olvidado su obligación;  por eso en esa sublime hora de la mañana,  entre una gran mulada se veían unos fornidos hombres vestidos humildemente,  pero con rasgos de orgullo:  llevaban atado al cuello con alborotado moño un hermoso pañuelo color carmín,  un gran sombrero de caña que los preservaba de la intemperie,  llevaban sus pies descalzos con ordinarias albarcas,  atados a su cintura un blanco delantal y un gran machete,  terciado a su hombro derecho un voluminoso guarniel,  en sus manos un arriador.  Estos se encontraban arriando sus mulas,  para salir a un viaje,  y mientras desempeñaban tan grata faena,  silbaban alegremente.
Luego se dirigían a sus casas para fortalecerse con una gran taza de humeante chocolate y arepa muy redonda,  lo que devoraban con gran apetito. Como era necesario partir y la hora se acercaba,  ellos como buenos hijos que eran,  se postraban ante sus ancianas madres para recibir la consoladora bendición,  y después de expresivas despedidas,  uno de ellos llamado por todos el Caporal,  daba la orden de partida para dirigirse a tierras cercanas como Itagüí, La Estrella y Caldas y de ahí en adelante a otras más lejanas lcomo El Alto de San Miguel, Santa Bárbara, Damasco, el paso sobre el río Cauca, Nueva Caramanta... Supía y de ahí hasta Calí.  Empezaban a desfilar uno tras otro,  perdiéndose a la vista de los suyos. Iba adelante la mula que llevaba una campana para servir de pregonera. Ellos,  como buenos camaradas,  se arreglaban convenientemente para dirigir la mulada,  

Atrás el Caporal,  que iba apeado a buena bestia. En el transcurso del camino empezaban a contemplar los lindos panoramas que formaba la naturaleza,  con el verdor de las hojas,  la variedad de las flores y el límpido cristal de las aguas. Después de haber recorrido un largo trayecto,  empezaban a divisar la hermosa villa de Medellín,  en donde encontraban las cargas que habían de transportar;  allí arreglaban de nuevo las bestias para seguir.  Estando bien provistos,  daba de nuevo el caporal el grito de partida,  y empezaban a dejar su querida tierra para penetrar en otras desconocidas,  no se oían sino los alegres silbidos de los arrieros,  el resuello de las mulas y el cantar sonoro de las aves que libremente se cruzaban en gracioso vuelo por los aires. A la hora del medio día arrieros y mulas daban una tregua a su cansancio;  entonces valiéndose de los verdes manteles que la naturaleza les ofrecía,  servían su opípara mesa con los exquisitos fiambres que en sus casas les preparaban.

Después de haber almorzado,  y silbando endechas de sus tierras lejanas,  emprendían de nuevo la marcha para no tener más descanso en todo el transcurso del día. Cuando caía la tarde y fatigados por el sol o tiritando de frío en los crudos inviernos,  ellos buscaban un lugar apropiado para su merecido reposo.  Entonces se repartían,  para arreglar con prontitud unos quitaban las cargas a las bestias,  otros hacían las toldas para refugiarse y el llamado sangrero se retiraba un poco para preparar los alimentos.  Estando ya todo arreglado,  se dirigían a la provocativa olla que se encontraba llena de apetitosa comida,  y éstos,  con habilidad femenil,  se la repartían.

La sombra de la noche empezaba a cubrir los montes y los valles y avisaba a aquellos laboriosos mancebos la hora del descanso.  Y ellos,  obedientes a este mandato natural,  después de haber venerado a su Madre Celestial con las hermosas decenas del rosario,  se entregaban al descanso.

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