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CRONIQUILLAS DE LOS AÑOS 60 Por HERNAN ARBOLEDA
L A C Á R C E L
“En esta ciudad … hay una cárcel que nuestros padres quisieron vengadora de evidentes crímenes impíos”. Cicerón (Catilinarias)
En los tiempos modernos ya no existe un pueblo como aquél que describió la pluma maestra de García Márquez cuando dijo que: “…en ese pueblo nadie entraba ni salía de la cárcel”, claro, con la única excepción de Girardota, ya que, el alcalde actual (noviembre de 2.007) a fin de obtener un buen puesto (obtuvo el primero) en el escalafón de los buenos alcaldes, como uno de sus logros, alegó el haber suprimido la cárcel. Los suspicaces dicen que se la endosó a otros municipios por falta de presupuesto. Sea de ello lo que fuere, la verdad es que la humanidad está en mora de poner fin a este rezago de épocas que, ha mucho tiempo, se creían superadas. Va siendo hora de que los jueces penales den al delincuente el mundo por cárcel. Pero si se trata de vigilar el comportamiento de los seres humanos es, sin duda una grave falta de imaginación, el haber dejado este campo de manera tan alejada de los avances de la tecnología en tanto que, paradójicamente, ha servido a los mismos infractores y, aún, a los agentes del Estado para sofisticar, en unos casos, la modalidad para delinquir y, en otros, para penetrar, hasta los más recónditos vericuetos de la vida privada de los ciudadanos. Ojalá llegue el momento en que todos seamos verdaderamente libres. Dijo Dios a Moisés: “no juzguéis” y no hizo excepciones. En mi opinión no hay nada más ridículo que un hombre juzgando a otro hombre.
Pero, en los años sesenta, municipio que se estimara tenía su cárcel. Itaguí, por supuesto, la tenía. Quedaba ahí casi en la esquina del costado sur de El Cami en frente de la Sastrería de José Blandón. Era una construcción vetusta, desvencijada, de techo de teja sobre armazón de madera y paredones mugrientos y descascarados. Al pasar del puesto de guardia a través de la chirreante puerta de barrotes de hierro, al primer patio, se pegaba de la nariz una tufarada de amoníaco mezclado con no sé que otras pestilencias. Los corredores eran polvorientos y las celdas hervidero de pulgas y de chinches. Y ni qué decir de la fetidez de los retretes y de los llamados baños. Eran épocas de crueles escasez de agua. El bañarse y el hacer las necesidades eran actos públicos, pues, no existía privacidad ninguna. Una mezcla de dibujos y de láminas obscenas y un sinnúmero de graffitis, dentro de los cuales no podía faltar el que fustigaba la trágica realidad del preso:
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